La importancia de llamarse Ernesto
C.F. Gavà Mar 2 – 1 Universitario de Deportes A.D.
“Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír” (George Orwell)
El sábado por la mañana, mi pequeño concursaba junto a otros 26 binomios en un social de obstáculos de su club, el Open Sports del Prat. Le correspondió el número siete en el orden de salida, y tras un recorrido espléndido, marcó el mejor tiempo, 61 segundos, sin penalizaciones. Cuando ya sólo faltaban tres caballos por competir, seguía siendo el primer clasificado ‘provisional’, el virtual campeón. Decidió no despreparar a su poni, por si tenía que salir a pista para recibir los aplausos y dar la vuelta de honor. Acabó cuarto, fuera del podio, sin escarapela ni trofeo. Los tres últimos jinetes destrozaron su sueño. 51, 58 y 50 segundos, respectivamente. Me miró desde el guardarnés con carita de resignación, de decepción y desaliento. “-Son caballos-”, pensé en decirle. “-Con sólo dos trancos cubren la misma distancia que tu poni en nueve. Y ni siquiera tienen que saltar, ni recibirse de manos, la altura del vertical es insignificante para ellos, mientras que para ti, cada uno de esos 11 reparos es un auténtico desafío. Lo has hecho muy bien, hijo-”.
Pero preferí no decir nada. Hay que saber perder y acostumbrarse a hacerlo. Sin excusas, sin justificaciones ni pretextos, aunque los haya. Las reglas son las que son, y las conocemos todos. Es cierto que en una prueba oficial, los caballos no pueden competir contra los ponis. Tienen demasiada ventaja. Pero esto no era una prueba oficial, y las reglas son distintas. En un concurso social compiten todos contra todos, la dificultad la determina la altura del obstáculo, no la de la cruz del animal, y sólo ganan los más fuertes, los más rápidos, los más experimentados. Los mejores. Y hay que saber cuando uno es el mejor y cuando no lo es. Y aceptarlo. Aunque el ganador tenga 25 años y tú 10, o su caballo mida 2,20 metros y el tuyo 1,10.
El sábado por la tarde seguramente merecimos perder. Y aprender de la derrota.


















