Cuando yo era un niño, la televisión era en blanco y negro y sólo tenía un canal. En la programación abundaban las películas del oeste, de Tarzán y del séptimo de caballería. Obviamente, en aquella época, mi héroe admirado era el General Custer.

Con el tiempo aprendí que George Armstrong Custer no era General, sino Teniente Coronel –un mierdecilla-, y que su perfil respondía más al de un psicópata egocéntrico y racista, que fue expulsado varias veces del ejército por indisciplinado y temerario, que al de un héroe convencional. Es cierto que Custer murió el último, empuñando un arma, con las botas puestas y rodeado de sus hombres, los valientes soldados del séptimo escuadrón de caballería de Michigan, a los que él jamás abandonaría. Pero también lo es que perecieron por su culpa, masacrados por una fuerza feroz y muy superior en número, debido a un error estratégico del engreído e insaciable buscaglorias.

La mañana del 25 de junio de 1876, Custer se encontraba en las proximidades de Black Hills, junto al valle de Little Big Horn, al frente de una columna de reconocimiento formada por 240 soldados y un cabo, cuando avistó a una fuerza enemiga, de más de 5.000 guerreros lacotas, cheyennes y sioux. Llevado por sus ansias de gloria y su ambición desmesurada, en lugar de evitar el enfrentamiento y volver  a informar a sus superiores, ordenó la carga.

Tal vez sea el momento de poner el punto y final, al menos de momento, a mi breve, mediocre y vulgar carrera deportiva.

Han sido cinco largos e intensos años, en los que, como en botica, ha habido de todo. Momentos buenos y otros muy amargos, euforia y decepciones, sueños y realidades. Las dos últimas temporadas, mi única obsesión, casi enfermiza, ha sido llevar al equipo al lugar en el que yo creía que debía estar. A la gloria. Aunque a mi manera, claro está. Con todas mis limitaciones, el objetivo se ha logrado. Dejo un equipo con un nombre, un prestigio y un reconocimiento social y deportivo como nunca lo había tenido. Un equipo temido, respetado y admirado por sus rivales en el campo, a la par que respetuoso, educado y generoso fuera del terreno de juego.

Pero yo ya no tengo lugar aquí. Hace algún tiempo que perdí mi sitio. Y las últimas semanas no han sido fáciles para mí.

Todo tiene un principio y un final. Me hubiese gustado morir, como Custer, con las botas puestas, al lado de ‘mis’ chicos. Pero…

Gracias a todos por vuestra lealtad, por vuestra amistad y vuestro compromiso.

Un abrazo. Y hasta siempre.