Espluguenc F.A  0 – 4  C.F. Gavà Mar

Hace poco más de seis años, cuando me presenté, al filo de las ocho de la tarde de aquel soleado mes de septiembre, en las instalaciones municipales de Can Tintoré, con mi corbata de color fucsia, una foto de carnet en la mano y 50 euros en la otra para fichar por el C.F. Gavà Mar, no sabía dónde me estaba metiendo. De hecho, no me metí en ningún sitio, porque antes de llegar al campo, me interceptó un tipo bajito y regordete en medio de la acera y, sin quitarse las gafas de sol, me pidió el dinero y las fotografías y me envió a rellenar la solicitud de alta al almacén anexo a la cantina de Miguel.

Era el último día –o eso decían- para enrolarse en aquel Club absolutamente desconocido, cuya existencia había llegado a mi conocimiento por pura casualidad, al ver una camiseta morada y lila, de dudoso gusto y peor calidad, en el tendedero de la casa de un familiar. Llevado por la curiosidad, traté de averiguar la procedencia de tan estridente prenda, y obtuve por respuesta una malsonante e inadecuada invocación a los genitales de su propietario que, obviamente, fue replicada en idénticos, si no más soeces términos, amén de un desafío de macho cuarentón que me podía haber ahorrado.

El primer año de mi vuelta a los campos de fútbol se resume muy rápidamente: Como era mayor, lento, poco habilidoso y llegué de los últimos (eso me dijeron), jugaba en el ‘B’, en la Liga de Empresas, en miserables y destartalados campos de tierra precariamente mantenidos y dispersos por los arrabales y tugurios más inhóspitos y degradados de Barcelona; nunca llegábamos a ser once jugadores entrenando, ni más de seis en las convocatorias, falsificábamos las fichas con un descaro rayano en la provocación, reclutábamos africanos, marroquíes y brasileños que no entendían ni palabra de español en las gradas de los campos, y nos descojonábamos cuando pasaban la revisión y decían llamarse José Manuel o Ferran. Por aquellos vestuarios sin agua caliente, en ocasiones sin techo, siempre sucios y malolientes y a veces ubicados en el interior del volquete de un camión frigorífico o en una caseta prefabricada, pasaron delincuentes de todo tipo y pelaje, traficantes de droga, proxenetas, putos, camareros, actores porno, bailarines, ingenieros, mecánicos, mariquitas, pastores de ovejas… Eramos una familia, y nunca mejor dicho, porque en el Gavà Mar de entonces jugaban Dani, su hermano Angel y su hijo Jonathan, Fabricio, sus dos hermanos Yuri y Gilberto, su primo Mex… mi sobrino Jordi, mi primo Xavi…

La temporada no nos fue ni bien ni mal. Ganamos tantos partidos como perdimos y empatamos el resto, aunque es cierto que al acabar, ninguno de nosotros estábamos dispuestos a repetir la nefasta experiencia, asqueados de tanta penuria, tanta miseria y tanta inmundicia. Peor le fue al ‘A’ en el grupo 13 de la tercera territorial federada. Acabó la temporada como último clasificado, con un sólo punto, 29 partidos perdidos y uno empatado, 11 goles a favor y 264 en contra. Sólo había que ver las caras de nuestros compañeros cuando salían del campo desencajados, llorosos y mirando al suelo tras el pitido final, con un marcador adverso de 19 a 0 ó de 1 a 21 en contra. Los equipos amateur del Gavà Mar eran una farsa, un proyecto quebrado, muerto y sepultado. Un bodrio, un fracaso.

Los del ‘B’ jugamos el último partido contra un equipo que se llamaba ‘Juventud San Andrés’ o algo parecido, aunque el jugador más jóven tendría no menos de 65 años. Empatamos 1-1 gracias a un gol que marcó ‘in extremis’ un fulano tatuado y rechoncho al que le tuvimos que dejar unas botas y hasta unos calzoncillos limpios y al que, obviamente, ni conocíamos de nada, ni volvimos a ver nunca más. Contándolo a él, éramos nueve y sin portero. Al acabar el partido, destrozado, ensangrentado y abatido, limpié las botas de barro y las guardé cuidadosamente en la bolsa de deporte, con la intención de no sacarlas de allí nunca más. Y cerré los ojos.

Si hoy se me ocurriera abrirlos –cosa que no haré- apenas daría crédito a lo que ven. A dos puntos del tercer clasificado y tres del segundo, el milagro de pelear por entrar y disputar los Play–Off de ascenso a Segunda Territorial está a nuestro alcance. Ocho partidos ganados, de los quince disputados, y sólo dos perdidos, 29 puntos, cuartos clasificados, y segundo equipo menos goleado del campeonato, con 19 tantos encajados, sólo uno más que el líder. Vivir para ver… El único ‘pero’ lo tenemos arriba: Sólo 36 goles a favor nos sitúan como el sexto equipo más realizador. Y eso no basta. Para estar ahí, hay que aumentar la eficacia rematadora. Sí ó sí.

El sábado, ante el Espluguenc, tuvimos un magnífico ejemplo de lo que eso significa. Podríamos haber sentenciado mucho antes, de no haber sido porque fallamos más que una escopeta de caña, más de lo que la ética deportiva y la vergüenza torera deberían tolerarnos. Y, en cambio, lo pasamos mal, al menos durante buena parte del segundo tiempo. Admito que la primera parte no fue fácil llegar, que el rival estaba peleón en mediocampo, aunque tampoco nos inquietó demasiado en el área. Pero en la segunda, por el amor de Dios…  ¿cómo se pueden fallar esas cosas?

Con la tercera ‘pifia’ mi paciencia se agotó y estallé en imprecaciones e improperios, me cagué en lo que no debía y pateeé algo que no recuerdo que era, pero que se rompió… Aunque pagaría por ver de nuevo a Pica arrodillado en el suelo, sollozando con la frente hincada en la tierra y tapándose la cabeza con las manos.

¿No podemos hacerlo más fácil? Una delantera con Mon (3 chicharros), Tito, Campi, Eric (1 chicharrito) y Sergio, con Chicha y Pablo llegando desde atrás ¿no debería marcar más goles y hacernos sufrir menos? Porque, tenedlo presente, de no haber sido por la magistral intervención (una más) de Toni al atajar el penalty que hubiese puesto el marcador en 1-1, seguramente el partido habría evolucionado de otro modo. Y las hubiésemos pasado putas para sacar algo más que el empate. Hay que espabilar, chicos. Y no sólo de boquilla, ni con arengas infantiloides. Hay que trabajar, y mucho.

Esta semana el Fenicia descansa y no puntúa. Si conseguimos los tres puntos ante el Casablanca, los atraparemos. Y la semana siguiente, nos mediremos a ellos en su campo, sobre el césped del Almeda. Mira que si les ganamos…

Soñar es gratis, lo sé. Y también me sé el cuento de la lechera. Pero viniendo de donde vengo, permitidme que siga haciéndolo, al menos unas jornadas más.

Os prometo que no abriré los ojos hasta… que toque