A la deriva
Santa Coloma de Cervelló 2 - 1 C.F. Gavà Mar
Navegar a la deriva es navegar sin gobierno, sin control, sin rumbo propio, a merced de las circunstancias, de la marea.
Nadie está a salvo de la derrota. Es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños, que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando. La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es permanente. Decía Simón Bolívar que el arte de vencer se aprende en las derrotas, porque las victorias enseñan muy poco. Para el logro del triunfo, siempre ha sido indispensable transitar antes por la senda de los sacrificios.
Era el día, sí. Pero no pudo ser. Y no fue.
Escribía el historiador Vegecio que la victoria no depende únicamente del número de efectivos o del simple valor en el combate; sólo la destreza y la disciplina la asegurarán. Los ejércitos romanos no debieron la conquista del mundo a ninguna otra cosa más que a su continuo entrenamiento militar, a la exacta observancia de la disciplina en sus campamentos y al perseverante cultivo y adiestramiento en las artes de la guerra. Y no hay más secretos. Aviso para navegantes.
La victoria fue siempre para quien jamás dudó. Y nosotros dudamos. Demasiado.
Cada fracaso nos enseña algo que necesitábamos aprender. Y a tenor de lo que ocurrió ante el Santa Coloma, a nosotros nos queda mucho por aprender, mucho más de lo que pensábamos. Acostumbraos, pues, a los fracasos. Hay muchos por llegar.
Demasiados partidos jugando mal (rematadamente mal) y ganando. La suerte se agota, como el agua de charcos cuando no llueve. Ya era hora de perder jugando mal (o muy mal). Aún nos queda perder jugando bien. La lógica de este deporte es implacable. Pero es lo que hay.
Sin riesgo en la lucha no hay gloria en la victoria. Sin dolor no hay recompensa. Duele mucho perder, y más ahora y en estas circunstancias. Pero si no convertimos el fracaso del domingo en experiencia, si seguimos buscando culpables a gritos y descalificando a nuestros compañeros en lugar de reconocer nuestra propia, insondable e ineficaz mediocridad, jamás habrá recompensa. Y sin recompensa, no merece la pena continuar con este proyecto.
Mirémoslo por el lado positivo. Se acabó la presión. Ya no dependemos de nosotros mismos. Se acabó el sueño. Bienvenidos a la realidad. Todo lo que nos suceda a partir de ahora, lo será por obra y gracia de la casualidad o de la fortuna. O de los errores de los demás. Ya no merecemos ganar. Hemos fallado justo cuando no debíamos hacerlo. Ya no puede haber nada peor. O sí…
“Si algo puede salir mal, saldrá mal. Y además, todo es susceptible de empeorar” (Murphy’s Law). Aún quedan siete partidos. Así que, vosotros mismos.

















